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Encarna

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RosaM
(@rosam)
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Encarna

 

Fue levantar la vista y toparme con la tambaleante figura. Una leve sonrisa me detuvo. Y retrocedí al pasado sábado, cuando, con las amigas, en un bar, hablamos y reímos porque el camarero bromeó con el “peligro de extinción de los borrachos”.

También me vino a la mente la similitud de volver a ver a alguien a quien hace tiempo que no veo y que, en los días previos, había echado de menos. Aunque enseguida me respondí que, al fin y al cabo, basta con observar para entender que, si nos movemos en círculos, nuestros movimientos no dejan de ser pendulares.     

Cuando miré de nuevo, el borracho había desaparecido. Advertí que el arcén que eligió para descender no dejaba margen a los peatones: entre los coches aparcados y la hilera de matas que franquean la caída por el otro lado del terreno.

Apresuré el paso y, al cruzar la curva del empinado y breve tramo de carretera, me pregunté qué sería peor: si haber rodado por el terraplén o ver sus pies —como ya los veía—, suspendidos entre dos coches. Su único gesto fue ponerse boca arriba y aferrar con la mano derecha el bolsillo del pantalón.

Sin embargo, cuando intenté que se levantara, sin abrir los ojos, el hombre, berreó los improperios propios de mi género. No me di por aludida, dado que era mayor, di por hecho la estrechez de su actual cultura.

Con la tarde a punto de ceder, fui en busca de ayuda.

El motivo de estar allí no era otro que mi hijo, por sus entrenamientos de futbol. Subíamos a aquel barrio tres tardes por semana. Aunque, al ver la manera en que la mayoría de los padres se implicaban con sus hijos en el terreno de juego, a los pocos días decidí que, durante la espera, prefería pasear alrededor del recinto.

Cuando regresé con José —padre de un compañero de mi hijo—, me miró y negó con la cabeza. El borracho mantenía la misma postura y volvía a estar dormido. La voz de José no lo inquietó. Tras incorporarlo y sentarlo en el suelo, le explicó el peligro que corría entre los coches y con la inestabilidad del terreno. Añadió que, cuando finalizara la jornada del club del fútbol, no quedaría ni un solo vehículo en la zona. Después de responder a las preguntas de José, el hombre aceptó que lo lleváramos, en coche, hasta su casa.

Una vez que me presenté a la esposa como Encarna, a través del portero electrónico, la mujer que acompañaba a su marido en ese momento, esperamos a que bajara en su ayuda. Intervalo en que el borracho insistía en que yo aceptara su cartera.

Rehusé una y otra vez, hasta que por fin la guardó, aunque lo hizo después de prometerle —con la solemnidad que tienen los niños y los borrachos— que no pensaba cobrarle nada. Entonces sonrió, una sonrisa frágil, como si se le fuera a quebrar en los labios.

De vuelta hacia el coche, pensé que quizá la vida es eso: subir a un barrio tres tardes por semana, encontrar borrachos en terraplenes, ayudar cuando se puede y, cuando no, seguir andando.

Y en medio de todo, tratar de no caer una misma.

 

 

 
Respondido : 04/07/2026 10:55 pm
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