El jardín de Olivia
—Atascada —me digo—. Esa es la palabra.
Atascada en la terraza de una cafetería, sin ver otra cosa que la elevación de las eficaces estructuras que, en el cruce de esquinas, me guardan.
Sin más huella que el cerco que dejó en la mesa la humeante y matutina taza de café con leche.
Desde que tengo uso de razón, no recuerdo haber tenido otra curiosidad más firme que la que me ata a la tierra. En el nacer. Como si de la tierra, a través del paso del tiempo, ya naciera el propio lenguaje. De propiedad individual; la compañía más abnegada que poseemos. Quizás porque, aunque los humanos nos acompañemos, no nos entregarnos del todo. Y es que, por muy sociales que pretendamos ser; la sociedad en sí misma, es una división de clases.
Por mucho lustre que tenga, no tiene otra utilidad más allá del interés de su puesto en el mundo. A un solo apellido. En fin, con cero tema de conversación con nadie ajeno a mí.
Tal vez, en el intento de serlo yo, nunca me he interesado por las cosas materiales. Porque no encuentro nada de lo que por sí dan las fachadas; empezando por las ostentosas edificaciones. Del tipo que sean. Incluyendo las viviendas. Cuyos interiores contienen solo objetos, fantasías de mercado. Que no niego usar, por supuesto. Pero reconozco que, la mayoría de las veces, ¿la satisfacción no se acaba en el mismo instante en que se adquieren las mismas?
—Atascada —, me repito. Y tanto.
Habitando únicamente el presente, con un pasado y futuro que, inexistentes, se sientan a mi lado. Me pregunto si esa ausencia es razón suficiente para venerar tanto los extremos de las palabras: amor y odio; bien o mal, amigo o enemigo, afirmar o negar, blanco o negro. Cuando, al fin y al cabo, son como la noche y el día: contrarios que se necesitan para que la vida tenga origen. Pero en la palabra, siempre acaban convertidos en disputa.
No son más que trampas; excusas suficientes para descolgarnos del presente, dejarlo suspendido, entregado a su suerte. Quizás buscan deshacernos de los pliegues de la rutina. O de la palabra misma. O quien sabe. O simplemente, como en las flores y las plantas, para gustos están los colores y los sabores.
Y es que, desde que el mundo es mundo, sin que sea ningún secreto ni haya nada oculto en ello, los asentamientos humanos están sobre sus propias alturas. Alturas que el lenguaje, con el tiempo y el movimiento de la vida, va esculpiendo.
Así que, sin dejarme usar por nadie, y asumiendo que no hay nada definitivo ni importante, más allá de vivir, termino diciéndome:
—Mira, Olivia, lo tuyo no es la alquimia. En este instante, imaginar es descubrir que el sonido de la luz también ablanda la sombra de las semillas.