El universo de Julia
—¿Te vas así? —pregunta Julia.
—¿Así cómo? —responde cerca de la puerta Carlos.
—Acabo de oír que sacudías ropa y, de repente, veo que te vas sin decir nada —insiste Julia—. Como si temieras dar alguna explicación.
Carlos se detuvo al instante y, sin acercarse, le pidió disculpas.
Julia no escuchó nada más. El sonido de la puerta fue limpio, casi profesional. Al cerrar detrás de él, Carlos se tomó la molestia de girar la llave en la cerradura.
—Qué extraño —se dijo Julia.
Sin cambiar de postura, en la comodidad del sofá, volvió los ojos al móvil. A pesar de que dentro de él el tiempo se le escapaba de las manos, se complacía en la maravilla del mecanismo.
Abrió WhatsApp y escribió al grupo de las amigas, algo sobre salir a tomar algo, despejarse.
Mientras esperaba respuesta, echó una mirada general a la casa. No cabía duda de que su hogar era bastante impersonal, pensó. Pero ambos eran muy prácticos, y sus gustos no pasaban por convertirla en una casa-museo como la de sus padres. Aunque el piso lo tenía cargado de muebles y pertenencias, aparte de su ropa, sabía que no echaría en falta nada que no fueran los enseres propios de cualquier vivienda.
Al contrario que la casa de su madre —aunque no lo admitiera—, donde nació, era normal que no la olvidase, que en la continuidad de sus días siempre acudiera a su mente algo que se la recordara o la insertase en ella.
Julia no pensaba que le faltase nada. Muy al contrario: centraba la experiencia en lo laboral y cuidaba su parte personal. Su reciente matrimonio se sostenía como un proyecto de vida. Y una pareja, aparte de tener vida propia, en sus distinciones, ambos requieren de espacio y cierta independencia.
Luego soltó el móvil y se puso en movimiento para arreglarse. Movimiento que no le pasó por alto. Que le hizo preguntarse en qué momento el paso del tiempo había interceptado al camino. ¿Eso somos Carlos y yo?