El organismo se consolida en el aire
En un último intento, Sara llamó a su madre.
―¿Al final te vienes mañana? ―le preguntó por el móvil.
―Sabes el gusto que me da estar al corriente de la reunión familiar, sobre todo porque, aun con su inconveniente, el espectáculo es para los ojos nuevos, para quienes pueden ver aquello que ya escapa a los mayores…
―Pero no para ti ―le recriminó su hija.
―¿A qué viene el ofuscamiento? El eclipse no deja de ser uno de los fenómenos más saludables que existen. Su naturaleza es reunir a multitud de gente ―respondió su madre, pensando precisamente en otra de sus realidades: no verse en lugares con aglomeraciones.
―¿Entonces te recogemos?
―No hay cambio de opinión posible, hija ―negó―. Además, ya sabes que para mí la playa dejó de ser un lugar al que ir.
―A todos nos gustaría que vinieras. Sí, ya sabemos que es un eclipse parcial, pero los niños te esperan ―insistió Sara―. ¿Tienes idea de cuándo fue el último que hubo en la isla?
―Un eclipse total, hace sesenta y seis años ―contestó Isabel―. Es un fenómeno que ocurre cada muchos años, aunque, geográficamente, sucede más a menudo de lo que dicen; la benevolencia de otras tierras no suelen publicitarla.
―Anda, mamá, que se lo prometí a los niños…
―No tienes por qué estar haciendo esas cosas… No sé a qué viene la insistencia, Sara. Deja que los niños vean el eclipse como un abuelete más, una payasada. No le des más vueltas. Disfruta tú también y ve dejando de darle tanta importancia a las cosas.
Hacía tiempo que Isabel daba por hecho que ser adulto era poco más que cambiar de espejos, y ella se encontraba con los pies fuera de ellos.
―Los niños nunca te han visto en un festejo familiar ―insistió Sara―. No sé qué arte tienes para ver las razones en los demás y, sin embargo, evadir las tuyas.
―No seas tonta. Por ti sabes que cuando los hijos están con otros niños, ni padres ni nada de nada; no existimos. Aún menos con los primos ―dijo Isabel, y continuó―. Como debe ser. Para eso son críos, para estar en sus recreos.
Tal vez porque, para Isabel, el acontecimiento no tenía más ciencia que la de todos los días: la falta de luz solar.
Al acabar de hablar con su hija, pensó que todos, como hijos del sistema solar que eran, y gracias a la creación del propio sistema del habla, hacían posible cuantas versiones quisieran construir de él. Bien estaba que el eclipse los invocara. Había que estar dispuesto, si se quería, a verlo una vez en la vida. Los venideros, si los hubiera o no, ya serían otra cosa.
Lo que Sara desconocía era que, desde niña, Isabel arrastraba la visión de haber visto un eclipse total de Sol. A pesar de que con el tiempo supo que aquel fenómeno había ocurrido precisamente el año en que ella nació.
Y cuando lo descubrió, ya de mayor, no se sintió defraudada. Muy al contrario. Comprendió entonces que su pensamiento se había alimentado de la memoria colectiva.
La escasa información de aquella época y la lentitud con que avanzaba el tiempo en la gente, hicieron que lo inusual del acontecimiento permaneciera durante años en boca de las personas que lo habían presenciado.
Para Isabel, más que ver el eclipse, lo escuchaba con la imaginación: la provocación que su lenguaje le levantaba poniéndose en conjunción con la Tierra y el Sol; nada que no le dijera que el movimiento y el espacio se cubren entre sí.
Respondido : 19/08/2026 10:02 pm