Te acostumbraste a su bondad
como se acostumbra uno al aire:
sin mirarla, sin pensar
que un día podría faltarte.
Comprendía, entendía, daba
oportunidades como quien regala
puertas abiertas en la pared
de un cuarto donde solo había frío.
Le heriste, y aun así
buscó razones en tu ruido,
y le puso tu nombre a la tormenta
y esperó a que amainaras con el viento.
Pero hay un cansancio que no grita.
Se queda quieto, como un vaso
que nadie llena y que una noche
descubre que ya no le importa el agua.
Dejó de discutir. Dejó de insistir.
No hubo portazo, ni advertencia.
Solo un silencio que se fue poblando
de todo lo que ya no te diría.
Y preguntaste, extrañada:
—¿Cómo cambió tanto, de repente?—
Pero no cambió de golpe.
Llevaba tiempo desangrándose despacio,
y tú, tan segura de su perdón,
nunca te diste cuenta.
No confundas la bondad
con un permiso firmado.
El corazón que más aguanta
es el que, cuando se aleja,
se lleva hasta el recuerdo
de que alguna vez quiso quererte.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.