Te he pensado de pronto, y el aire se ha vuelto
un cristal que guarda una vieja grieta.
Dices que estás bien. Lo dices tan segura
que el eco se avergüenza al repetirlo.
No has de mentir. Yo sé leer el revés
de esa sonrisa tuya, tan bien planchada.
En tus ojos hay una tristeza antigua,
como de casa que fue tuya y ya no habitas.
Qué tal te va sin mí.
No me contestes. Guárdate esa verdad;
que no se escape entre los dedos
el temblor de tu voz en el saludo.
Si has de volver, hazlo sin prisa,
que yo también he aprendido a esperar
con esta costumbre del que ya no espera
nada de nadie, ni siquiera de la tarde.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.