Me voy.
No sé adónde, en realidad.
Sólo sé que aquí
ya no puedo seguir siendo yo mismo.
Dejo contigo
la vida que aprendimos a pronunciar:
la casa,
los planes,
el futuro doblado sobre la mesa.
Dejo también
a ese otro yo
que todavía cree
que podemos salvarlo todo,
que escribe con mi mano
la vida que no quiero ya vivir.
Que se quede.
Que escriba.
Yo no puedo seguir muriendo
para que el mañana
se parezca al ayer.
Por eso rompo.
Rompo el camino,
la costumbre,
la promesa,
incluso el amor
pues el amor se ha convertido
en una forma de ausentarse.
Sé que no me espera nadie.
Y esa es la parte que más miedo da:
que quizá al salir
no haya libertad,
sino intemperie.
Pero prefiero el frío
de no saber quién seré
a la tibia certeza
de convertirme
en alguien que no soy.
Me voy con las manos vacías,
con el corazón hecho pedazos,
con una vida que todavía
no sé sostener.
Y quizá eso sea vivir:
caerse de todo lo conocido
antes de que lo conocido
termine de enterrarnos.
Si alguna vez vuelvo,
no será para encontrarte.
Será para encontrar
al que fui
cuando todavía tenía miedo
de que olvidaras mi nombre.
Y decirle:
ahora sí.
Ahora la vida
es -por fin- nuestra.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.