Ya no creo en el amor.
Lo digo sin tragedia;
lo enterré una noche
sin flores,
sin testigos,
sin siquiera una cruz
que pudiera recordar dónde termina
todo lo que alguna vez esperé.
He aprendido a vivir solo,
a conversar con mis ruinas,
a dormir abrazado
a todo aquello que no quiso quedarse.
Pero hay algo que todavía defiendo
con una ferocidad casi absurda:
no mentir.
No fingir que estoy bien
cuando me tiembla la noche en las manos.
No esconder la herida
para parecer entero.
No decir no necesito a nadie
cuando, en el fondo,
solo quisiera que alguien mirara
y dijera:
te veo.
Así, sin adornos.
Con mis contradicciones,
mis silencios,
mis ganas de huir
y esta manera torpe de pedir cariño
sin saber pedirlo.
Quizá ya no crea en el amor.
Pero todavía creo
en el milagro pequeño
de que alguien pueda mirarme de frente
y, después de conocernos de verdad,
decida no irse.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.