Anduve sin mí,
con las manos llenas de nada,
buscando una puerta
que no sabía nombrar.
Luego encontré tus ojos.
Y comprendí que el hogar
no era un lugar,
sino este instante
en que el mundo volvía a mí
cada vez que me mirabas.
Desde entonces supe
que, aunque ya te haya perdido,
hay un camino que no olvido:
tu mirada,
ese punto de regreso
al que siempre vuelvo
para no dormirme a solas.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.