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Ana

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RosaM
(@rosam)
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Mi nombre es Ana y tengo 18 años…

Uff, no sé cuántos cursos me pasé repitiendo lo mismo en la asignatura de inglés. Motivo suficiente para que mi agrado por el idioma alcanzara el nivel de pronunciar bien choc-lit. A todas, sin error, lo siguiente es: I’am a student.

Bromas aparte.

El caso es que el próximo otoño iniciaré mis estudios en la universidad. No solo eso: además los cursaré fuera de mi ciudad natal.

En el momento que acabé de formalizar la matrícula, con la emoción, le dije a mi madre lo contenta que estaba porque no la vería durante un tiempo. “¡Un año entero!”, fue la expresión exacta. 

Supongo que me traicionó el inconsciente, ya que más de una vez le he dicho, “sargento”. Y lo es. En casa lleva el control de todo; todo lo concerniente al hogar, a mi padre y a mí. 

No le entra en la cabeza que si las formas humanas cambian, los comportamientos también. Que la distancia entre nuestras generaciones provoca que no nos impliquemos entre sí. Que en la distancia, la sincronía brilla por su ausencia.

A menudo me dice que me quiere ―tocándome en lo emocional―, que solo quiere lo mejor para mí, y darme lo que a ella le faltó. ¿Eso no debería conducir a un cambio? Pero no. Porque no se trata de mover nada. Lo que acontece en la familia, primero pasa por el filtro de su tranquilidad.

Que practique alguna que otra actividad personal, salir con los amigas o que vengan a casa, y usar las redes sociales, por supuesto, no tiene inconveniente alguno. Ni qué decir. Otra cosa es que les dedique más tiempo del establecido por ella: se pone ojo visor. Acaso, cuando ella sirve la mesa del almuerzo, por ejemplo, ¿no son los hechos los que siguen su propio curso?

Y ya que estamos, es experta en romper ese curso. Sentarnos a comer es desagradable para mí. Pasa por que tenemos que ver las noticias en la televisión. Según sus palabras, hay que estar informados, y saber lo que pasa en el mundo. Los informativos y tertulias son su devoción. El tema de conversación favorito donde, en alta voz, se promueve metiéndose con presentadores y contertulios de la tele.

Muchas veces llego tarde a casa solo por el gusto de comer en mi habitación, descansar la cabeza y distraerme con alguna película de detectives u otra cosa. ¿Hay mal en eso?

Por supuesto que quiero a mi madre. Mucho. Pero no dudo que, en nuestras conveniencias, a la hora de exagerar las cosas, vertamos signos de visión futura. Aunque las ideas ajenas ―en los pies que hacen camino―, más que ayudar, entorpecen.

 

 

 
Respondido : 21/05/2026 8:40 am
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