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(@neteruessence-com)
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Hace años, cuando estábamos en tercero de psicología, salíamos de clase y nos íbamos a una pampa que quedaba detrás de la ex cárcel. Estudiábamos, nos reíamos, Maldonado hacía sus monólogos sobre Nietzsche, escuchábamos música gitana y fumábamos cigarrillos comiendo pan con jamón. Hoy miro a Maldonado y me parece tan extraño; desde su drástico cambio de look hasta su mirada, ya no son lo mismo. Es como si la vida le hubiera dado otro personaje y ahora necesitara interpretar a un peón en el juego de los bitcoins. Sé que todos hemos cambiado, ya no somos aquellos jóvenes de veintitantos... Lo único que les quedó de Freud fue el aprecio por las drogas nefastas. Mi amiga más cercana, una mujer a la cual consideraba la persona más espontánea y sencilla de la vida, ahora era jefa en el hospital general; se había ido a Francia por un tiempo y hasta se había casado con un francés. Me pasó un vaso y me dijo:—¿Por qué no traes agüita? Qué pena que no terminaste la carrera. ¿A qué te dedicas ahora? Con amabilidad le sostuve el vaso y le respondí:—Debe ser entretenido aplicar clínica, sobre todo a los niños. ¿Qué hacen ustedes, los medican? —sabía perfectamente que ella era farmacodependiente desde la universidad—. Por mi parte, aún me encuentro descubriendo quién soy. Fui por agua, se la dejé encima de la mesa y me senté en un sillón. Allí sentí que era ajeno al lugar. Había ido porque recordaba aquellos hermosos tiempos que, en realidad, solo existían en mi memoria. Mientras el reguetón sonaba de fondo, sentí una especie de asco; miré la hora y me di cuenta de que ya no tenía boleto para volver a casa. Fui a la barra por un vaso de algo para beber. En ese momento, Maldonado salió de su hipnosis voluntaria con el teléfono y nos pusimos a charlar. Recordamos cuando pisó caca de perro justo antes de tener que ir a disertar. Nos reíamos por un instante; luego me dio un abrazo, se despidió y no lo volví a ver más.Cuando amaneció, me despedí de los pocos que quedaban. En el fondo sabía que no los volvería a ver; no al menos de forma voluntaria. Salí del edificio y me puse a caminar por la vieja calle de adoquines que está cerca del cementerio. La niebla era espesa y olía a humo. Al llegar a la terminal sentí un inmenso alivio: solo faltaban sesenta kilómetros para llegar a casa y descansar. Me senté en el asiento 16 al lado de la ventana, me puse los audífonos y a los pocos minutos me quedé dormido. A la mitad del camino sentí un calor que me invitaba a despertar, tocando con fuerza parte de mi rostro. Abrí los ojos y de a poco me incorporé al viaje; afuera los campos pintaban de verde y amarillo, y un leve aroma a flores de raps se colaba por la ventana principal del pasillo.De lejos se veía el volcán; con su manto blanco iluminaba las frías montañas azuladas. No había nubes, el cielo era celeste y de los hualles ya nacían hongos de estación. La noche anterior había quedado atrás, como aquellos sueños donde te duermes torcido y tu subconsciente te avisa de formas raras de que debes despertar. Me bajé en el parque principal y me senté por un momento. Las aves en este lugar son mi pasatiempo favorito; he estado en muchos lugares, pero siempre me ha parecido curioso que aquí, por ser aún un lugar remoto, aparte de palomas, aún existen bandadas de tiuques, familias de treiles y bandurrias amotinadas en la parte superior de las araucarias.

‎Luego de contemplar por un momento, me puse de pie para ir a casa. De camino me di cuenta de que habían derribado otra de las antiguas casas en el centro para construir una de esas feas viviendas estilo contenedor. Espero que no la pinten de gris; fue a lo único que me aferré. Solo pido que el progreso no termine cambiándonos las aves por el polvo."

 

~Neteru

 
Respondido : 08/07/2026 8:53 pm
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