Tenía tanto que decirte,
pero las palabras se me quedaron
aquí, en la garganta,
como pájaros que olvidaron volar.
Quizá porque ya no querrías oírlas.
Quizá porque el tiempo las gastó
y quedaron mustias,
como monedas de otro reinado.
Las guardé. No por cobardía,
sino porque el silencio
también es una forma de no herir
lo que ya estaba herido.
Y ahora que no estás,
comprendo que callé lo mejor de mí,
que dejé mudas las palabras más ciertas,
y que el silencio, al final,
fue la mejor respuesta.
Tanto nadé en tu búsqueda
que crucé todos los ríos
para morir luego en tu orilla.